Bien eso dice uno de esos prolijos e interesantísimos estudios de gente ociosa para gente aún más ociosa, de la Universidad de British Columbia en Vancouver (Canadá), lugar al que tenemos muchas, muchas ganas de ir, en serio.
Eso quizá explica porque nuestros creativos están azules los lunes. Será que vienen cargados de ideas. Y por eso, a lo mejor, los cuentas suelen estar rojos cuando reciben un feedback del cliente: porque están muy atentos. Pero lo cierto es que cuando oímos “¡feedback!”, el equipo al completo tiende más bien al blanco puro.
Este postulado pierde fuerza muy especialmente en los brainstorming de Acuam, en ellos el equipo intercambia colores. Vemos pasar todo el espectro, incluso creemos que algunos de los tonos cromáticos no están definidos aún.
Y la teoría se derrumba en Acuam, ya que, por lo general, aquí flipamos (en su connotación más positiva) en todos en colores. Como cuando el director de arte (azul) y el maquetador (a rayas blanquinegras) le dice al copy (rojo), que necesita más texto y el copy (violeta ya) le constesta que no, que no se debe caer en un exceso de información, y el programador (amarillo, lo cierto es que ése es su principal color) irrumpe en la conversación con un claim que soluciona el problema y el planner saca un par de referencias y de aplicaciones bajo manga que soluciona el entuerto.
De forma que en Acuam, somos más bien camaleónicos. Aquí nadie tiene asignado un color. Incluso cuando cada uno se encierra y se concentra en lo suyo, incluso entonces, los colores cambian con las horas.
Lo único que mantiene el color es nuestro pantone corporativo.